Un año después nos vamos despidiendo.

La Costa, 21 de Agosto 2015.

     Finalmente ya han pasado 365 lunas desde aquel atardecer que vi desde la ventanilla del Boeing-747 que me llevaba a vivir un sueño Lituano.

     Hace también dos meses que he vuelto, de lo que quizás sea, una de las mayores aventuras y más grandes desafíos que jamás tendré. Estoy sentado en el mismo sillón de cuerina negra que me senté al descubrir el mundo YFU, pero ciertamente y tratando de no pecar de egocéntrico, creo ya no ser el mismo chico tímido costero.

     ¿Pero cómo serlo? Si es tan cierto que somos en definitiva lo que vivimos, y por suerte, cuánto he vivido y cuanto me he forjado conforme al paso de cada una de las tardes y mañanas del último año…

     Ser ¨intercambista¨es sin dudas lo mejor y lo peor que uno puede hacer y ser en la vida. Suena muy contradictorio, yo lo sé. Pero incluso casi cayendo en una contradicción literaria -por decirlo de alguna manera-; tiene mucha coherencia.

     Existe el pre-concepto de que un Intercambio es, fundamentalmente, fiestas y viajes. Y aunque no puedo negar que buena parte de mi año la pase rodeado de nuevos amigos, y que mis pies han podido dar muchos pasos, incluso sobre pasando las fronteras lituanas, no podría decir que mi intercambio fue solo eso.

     Hay muchos efectos y situaciones que nosotros los locos intercambistas tenemos que sobre pasar y dominar. Muchos de los cuales tan siquiera se pueden imaginar antes de vivir un intercambio -o al menos yo no fui capaz de hacerlo-. Olores que nos remontan a domingos de mates, asado y familia, y por consecuente a una tarde de tristeza y extrañitis aguda. Canciones que nos remiten a festejos o epopeyas que has vivido con nuestros amigos en nuestro país natal. Aprender a ser un bebé por la incapacidad de comunicarte fluido en un idioma, sin importar que tengas 18 años de edad. Encontrarse en la parte trasera de un auto, con un viaje de dos horas por delante, rodeado de extraños que de la tarde a la mañana pasan a ser tu ¨familia¨. Tener que encontrar a la señora de administración que nos guiará en nuestro primer día de clases, rodeado por un grupo de eufóricos adolescentes que regalan flores a sus profesoras por ser el primer día de clases, sin entender nada y mucho menos saber el aspecto de esa señora de administración. O incluso el riesgo que corre nuestro estomago durante las primeras semanas -largas- puesto que probamos cuanto alimento nos ponen en frente, los platos raros, los extravagantes, los simples, los que huelen raro, y los que no huelen a nada. Todos, por el simple echo de que nadie quiere que ¨Nuestra familia anfitriona se enoje¨, todavía no hay confianza para decir que no.

    Sí, hemos tenido que pasar por esas situaciones. Extrañas, raras, incomodas. Situaciones que van a contramano con nuestra propia concepción del mundo. Vivimos meses donde la incomodidad, extrañamente, se vuelve cómoda o simplemente habitual.

     ¿Pero, quieren saber algo? Nada es tan doloroso, emotivo y sentimentalmente extraño como la última semana en destino. Cuando los extraños del auto negro, ya son familia. Los platos feos, se convierten en una delicia. Cuando los compañeros de clase son amigos, y los otros intercambistas casi hermanos. Cuando el bendito idioma -y esto es por vos querido Lituano- que nos costó un ¨Perú¨aprenderlo, ya es comprensible. Cuando conoces los secretos de la ciudad, no por libros, sino, por haberlos vivido y descubierto andando el camino. Cuando lo anormal ya es normal, y por fin te estas estableciendo, y echando raíces y queriendo gente. Cuando todo eso pasa, y solo quedan 7 días en destino y llegas a tu ¨casa¨ y te das cuenta que ya es tiempo de cerrar las valijas y llevarte contigo recuerdos y memorias. Es justo y exactamente ese estúpido momento en el que te auto cuestionas absolutamente todo.

     ¿Para qué te fuiste de intercambio a ese frío país? ¿Por qué corno te encariñaste tanto con tus ¨hermanitos¨? ¿Era necesario hacerte tan amigos de esas tres mexicanas, de el Austriaco egocéntrico y de el que es mitad Lituano mitad ruso?

     Son días donde la cabeza anda a veinte mil. Estamos tristes por volver, por que dejamos atrás una vida, y al mismo tiempo contentos por que volvemos a estar con los que amamos tanto.  Días donde el corazón se hace más fuerte que nunca, por que sí. No es un eslogan, volver es más difícil que ir.

     Y hoy mientras me tomo un té en el sillón de cuerina negra me pregunto si todo valió la pena. Y aunque mi corazón esté diseminado con todos los amigos que hice que han volado por el mundo, y aunque el significado de hogar haya cambiado, me repito que todo fue preciso y perfecto. Y me emociono de solo pensar en volver a vivirlo, tal y como fue. Con los golpes lingüísticos, las risas más sinceras, las aventuras más locas y las millas mejor voladas…

                Sueñen, vivan y rían. Que en definitiva el resto viene solo.

                  Gracias por haber leído cada una de las letras que escribí, me despido.

           Sinceramente, Esteban.