Una Mañana de Lluvia

Me desperté con el sonido de la alarma del telefono, algunos minutos luego de las 7am. La alarma se perdía en el fondo con el sonido de las gotas de lluvia que caían y golpeaban una a una el antepecho de chapa de la ventana de mi habitación.

Cada golpecito simulaba el ruido de un reloj tortuoso, cada gota era un movimiento más de las agujitas. Tiempo que volaba, como ha venido pasado en mis últimos 18 años de vida.

La misma ventana que durante más de 9 meses me había obsequiado infinidad de atardeceres color de ocre o noches de estrellas danzantes e incluso mañanas invernales, cuando todo era blanco y esponjoso como las nubes. Esa ventana, autora de tantos regalos, esta mañana me despertaba y me traía inevitablemente a desayunar con la idea de que los días pasan y que ya ahora estoy a menos de una decena de días de volver a donde todo se gestó.

De aquel 22 de Agosto cuando se arrojó la primera piedra solo quedan memorias, y además la satisfacción de saber que he disfrutado cada uno de los días, sin derrochar segundos o tirar por la borda nada de lo que tanto costó conseguir.

Me han preguntado sino estoy felíz por volver. Y ciertamente lo estoy, por que en definitiva volveré a ver a quienes más quiero en esta vida, que son quienes me la dieron, y a quienes tienen la valentía de transilarla conmigo. Pero al mismo tiempo existe la tristeza de dejar atrás una etapa.

Este fin de semana fue el último que pasé junto a la Familia que me hospeda. Fue un fin de semana de campo. Una casa eregida en el centro de la nada misma, al lado de un lago. Rodeada de manzanos, hoy florecidos.

Entre aljibes, letrinas, tardes de pesca y noches de sauna pudimos pasar un tiempo muy bonito y cuando ya de regreso nos encontrabamos en la camioneta de la familia, uno de mis Hermanos anfitriones –Rojus- me dijo: ´Esteban, te voy a extrañar´. Y ahí fue cuando esta experiencia hizo un broche de oro y cuando reafirmé que no será un chau, sino simplemente un hasta luego.

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Rutas Balticas, 1491 km de Pura Aventura!

Era temprano por la mañana, el sol recién aparecía por sobre el horizonte. Y nosotros ya estábamos enfrentando el nuevo día. Nos adentramos en las rutas lituanas con destino Letón. Después de varios días de haber leído y buscado los mejores lugares, por fin no estábamos yendo de recorrida a los vecinos Bálticos.

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Rundale Pils. Palacio de Rundale, Letonia.

Partimos con destino a Bauska-Letonia, un pueblo risueño de no más de 4 mil habitantes, a unos pasos de la frontera con Lituania. Habíamos leído que es un destino digno de conocer y recorrer, sobre todo por su palacio imitación al de Versalles, aunque claro, escala báltica. Francamente el destino no defraudó. Entre su gran palacio y jardines con flores a medio abrir, sus ruinas de las construcciones de las épocas Livonas y la chispa única de estar con amigos, era imposible que cuyo desenlace no fuera fructífero.

Siguiendo por una ruta, cuyo estado dejaba mucho que desear, llegamos a la gran Capital Letona de Riga. Ciudad que data de muchísimos años atrás y está emplazada en el margen del río Daugava. La noche nos recibió entre risas y cargadas. Y un manto de estrellas luminosas nos acompaño hasta el Hostel. (El cual merece una entrada a parte, por lo desopilante, lo sucio y desprolijo).

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Centro Historico de la ciudad de Riga

Me habían dicho que Riga no tenía nada especial, que solo merecía estar una tarde y nada más. Luego de haber estado 3 noches, puedo decir que es un destino sumamente atractivo. Su ciudad vieja, resulta sumamente interesante, su barrio neoclásico es algo particularmente llamativo y sus gatos colgando en los tejados son sin duda un gran ícono.

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Bicicletas en el Parque Nacional Gauja, Letonia.

El Parque Nacional Gauja fue el marco del día deportivo del viaje. Llegamos a un pueblo que al parecer vivía gente, aunque no pareciera, y desde allí luego de haber rentado unas bicicletas en la estación de servicio del pueblo (Lo cual costo y mucho, por que la señora que atendía solo entendía ruso y letón, y no hablaba ni una palabra de Inglés o Lituano) fuimos despacito y disfrutando de las calles a las Colinas y al río de Gauja. Luego de una gran caída, la cual fortuitamente no resulto en catástrofe, terminamos haciendo un picnic en el bosque. Solos en algún lugar perdido de Letonia, entre árboles milenarios y una brisa casi veraniega.

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Riga, Letonia!!

La siguiente mañana amanecimos en Riga, aunque eso era solo por unas horas, puesto que nuestro micro con destino a Tartu partía a las 19 de ese día. Llegamos a Tartu con los ojos cansados, las espaldas doloridas de cargar las mochilas y unas bolsas con comida. El hostel de Tartu era todo lo contrario al de Riga, limpio, tranquilo, con duchas que tenían agua e incluso caliente, sin españoles gritones o recepcionistas malhumorados.

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La Torre de Piza, version Estonia. Tartu.

La mañana siguiente nos adentramos en el pueblo. Tartu tiene muchísimos años de historia ya en el Siglo V D.C. contaba con pobladores, aunque Tartu como ciudad en sí fue establecida más o menos por el 1030. Haciéndola una ciudad que huele a historia, y donde cada esquina guarda un secreto. Durante esa mañana nos perdimos durante un largo rato en una pequeña librería medianamente céntrica de la ciudad. La cual contaba con libros en más de 10 idiomas, postales de los tiempos soviéticos, fotos antiguas y demás curiosidades. El olor a café y a papel viejo, se fundían en una relación casi esotérica, y nos hacían viajar en el tiempo a lugares que ninguno conocía, pero que después de todo, esa es la magia de la literatura.

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Tallin, desde una de sus murallas, y con la niebla adentrandose en la ciudad.

La última parada fue Tallin, la ciudad que más me gustó de todo el recorrido, aunque no sea la más bella de todos los bálticos (Aquí me sale el chico Vilnius que llevo a dentro, y con gran orgullo digo que es ella quien se lleva ese premio). Tallin, distinta al resto de las capitales Bálticas, es una ciudad amurallada. Inundada de cafés viejos, torres de control de los tiempos medievales, con sus casitas de techos rojos y fachadas color pastel, su ciudad vieja enigmática y poética. Su gente, respetuosa y cálida. Su farmacia, la cual es la más antigua del mundo. La gran catedral Ortodoxa, con sus cúpulas de forma de cebolla. En fin, Tallin es un cuento hecho ciudad…

Viajamos con nuestras valijas cargadas de ropa, comida y risas durante una semana. Fuimos andando caminos, peleando, debatiendo y afianzándonos como grupo. Caminamos, corrimos, bicicleteamos y cantamos a la par. Tenemos mucha suerte, y de eso fuimos muy consientes. ¿Cuántos son los afortunados en el mundo de poder viajar con tus amigos? Lamentablemente muy pocos.

El último día, entre cansancio y risas, también supimos comprender, que como todo en la vida, hay un fin. Si, soy una persona sentimental y se me llenaron los ojos de lagrimas. El viaje terminaba, y me di cuenta que este gran viaje también está terminando.

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De Derecha a Izquierda: Olivia (Finlandia), Loren (Mexico), yo (Argentina) y Mira (Alemania)

No me arrepiento de nada. Y estoy muy feliz de cada uno de los días que viví, y vivimos, durante estos 260 días de intercambismo. Estoy mucho más que feliz por haber elegido este pequeño y desconocido país, y por haber sabido construir grandes amistades, que espero que así como han superado las barreras culturales e idiomáticas, puedan superar los kilómetros.

Se que allá del otro lado del Atlántico me esperan mi familia, mis amigos y mi vida que deje guardadita en una caja. Pero aquí también dejo una vida, y una familia. Y por el mundo se me esparcirán mis amistades.

Pero también supongo que son las reglas del juego. Y las acepto. Mientras tanto me tendré que hacer amigo de la idea de volver. Aunque no será un chau Lituania, sino un hasta dios. Por que, como me conto una señora,  los amores no se pueden abandonar y dejar ir, simplemente nos despedimos por un momento, hasta que el viento nos traiga volando nuevamente y nos fundamos en abrazos –reales o metafóricos- que duren mucho más que solo tiempo…